martes, 9 de octubre de 2012

Lengua, nacionalismo y la desintegración de Yugoslavia

En este artículo se ofrece una panorámica de los aspectos lingüísticos de los acontecimientos que llevaron a la desintegración de Yugoslavia, con un énfasis en el vínculo entre lengua y nacionalismo.

RANKO BUGARSKI
Universidad de Belgrado

RESUMEN

En este artículo se ofrece una panorámica de los aspectos lingüísticos de los acontecimientos que llevaron a la desintegración de Yugoslavia, con un énfasis en el vínculo entre lengua y nacionalismo. En la primera parte se proporcionan datos generales sobre la composición étnica del país, la situación de las lenguas y las políticas lingüísticas. A continuación se muestra cómo los emergentes nacionalismos étnicos, avivados por circunstancias económicas y políticas desfavorables, engendraron disputas lingüísticas, sirviendo la lengua como tapadera de problemas sociales y ambiciones políticas.

Se proporcionan ilustraciones de las estratagemas lingüísticas y retóricas empleadas para generar odio interétnico y abonar el terreno para el conflicto armado, mostrando cómo la guerra en Yugoslavia se inició en el campo de la lengua. Finalmente, se deja constancia del papel de la lengua como uno de los símbolos más importantes de la identidad nacional y de la soberanía política en los nuevos estados creados sobre el antiguo territorio yugoslavo, con referencia particular al destino insólito de la más importante de las lenguas de la federación, el serbocroata. En definitiva, el ejemplo de Yugoslavia pone firmemente de relieve el potencial destructivo del nacionalismo étnico y lingüístico en formaciones estatales multiétnicas y multilingües bajo presión a causa de un conjunto de circunstancias desfavorables.

1. INTRODUCCIÓN

Este artículo presenta una visión general de los aspectos lingüísticos de los cambios que conducen a la desintegración de Yugoslavia, haciendo hincapié en la conexión entre lengua y nacionalismo. La designación «Yugoslavia» se referirá principalmente al país llamado oficialmente la República Federal Socialista de Yugoslavia, algunas veces identificada como la «segunda» Yugoslavia (1945– 1991). La «primera» Yugoslavia (1918–1941) cae fuera del alcance de esta discusión, mientras que la actual «tercera» Yugoslavia (formada por Serbia y Montenegro) será indicada como tal cuando se mencione. El análisis que se propone es necesariamente provisional, debido a la escasez de investigación básica y, a menudo, carencia de suficiente perspectiva histórica. Se ofrece, sin embargo, en la creencia de que puede ser de interés para los estudiosos de temas relacionados tanto con la lengua como con el nacionalismo, así como para cualquiera que esté interesado en Yugoslavia y los Balcanes. Después de todo, muchos países de todo el mundo han sido expuestos a los estallidos del nacionalismo lingüístico en una u otra forma, por lo que alguna familiaridad con la experiencia de Yugoslavia podría ser de utilidad. Debería también ser tenido en cuenta que el autor es un lingüista, y no un historiador o politólogo, lo cual implica una aproximación sociolingüística a los temas que se abordan.

2. ANTECEDENTES

Yugoslavia (256.000 km2; población: 22,5 millones de habitantes en 1981) presentaba una remarcable variedad incluso para los generalmente altos niveles de diferenciación geográfica, cultural y lingüística que se dan en los Balcanes. Mostraba una tremenda variedad en el clima, paisaje, recursos nacionales, economía y en los modos y niveles de vida. A todo esto había que añadir un alto grado de diversidad histórica, cultural, étnica, religiosa y, por último pero no por ello menos importante, un índice elevado de diversidad lingüística. Como resultado de los cambios políticos y de las guerras que castigaron por muchos años su territorio, tres grandes civilizaciones se encontraron y mezclaron en esta zona: católica occidental europea, ortodoxa eslavo–bizantina y musulmana árabe–turca.

Una descripción corriente podría haber presentado Yugoslavia en pocas palabras como un país con dos alfabetos, tres grandes religiones, cinco lenguas principales, seis naciones, seis repúblicas, y siete países circundantes con los cuales compartía fronteras, grupos étnicos, y lenguas. Tal diversidad hacia al país extremadamente interesante y agradable de visitar, aunque a veces quizá planteaba un desafío a la hora de vivir en él. Determinar sí en tal diversidad germinaron las semillas de su propia destrucción es una cuestión que permanece abierta.

La federación yugoslava estaba formada por seis repúblicas constituyentes: Serbia (incluyendo las provincias autónomas de Voivodina y Kosovo), Croacia, Bosnia–Herzegovina, Eslovenia, Macedonia y Montenegro. Se hacía una distinción entre sus «naciones», definidas como pueblos cuya matriz étnica estaba en Yugoslavia, y sus «nacionalidades» (i.e. minorías nacionales), grupos étnicos cuyo tronco principal estaba en otro país. Había seis naciones: serbios, croatas, eslovenos, macedonios, montenegrinos, y musulmanes (tomando el término como una identificación nacional más que confesional) y más de doce minorías: albanos, húngaros, turcos, eslovacos, rumanos, rusos, búlgaros, italianos, ucranianos, checos, etc. Junto a esto, había también grupos étnicos dispersos tales como los gitanos o los Vlach. Un grupo especial y en algunos aspectos controvertido era el de quienes se declaraban a si mismos yugoslavos tanto por nacionalidad como por ciudadanía. La Tabla 1 da ¡a composición nacional declarada para 1981, último censo en el que se dispone de datos unificados (el censo de 1991 fue parcialmente interrumpido por la guerra en curso).

TABLA 1

COMPOSICIÓN NACIONAL 1981

Serbios 8.14 (362)
Croatas 4.42 (19,8)
Musulmanes 2.00 (5,9)
Eslovenos 1,75 (7,8)
Macedonios 1.34 (6.0)
Albaneses 1,73 (7,7)
Yugoslavos 1.22 (5,4)
Montenegrinos 0,58 (2,6)
Húngaros 13,42 (1,9)
- - -
Gitanos 168.000
Turcos 101.000
Eslovacos 80.000
Rumanos 55.000
Búlgaros 36.000
Vlachs 32.000
Rusyns 23.000
Checos 19.000
Italianos 15.000
Ucranianos 12.000

Fuente: Censo de 1981. Las cifras se dan en millones en la primera columna. Las cifras de la segunda columna se dan en unidades.

Sin tomar en consideración diferencias de estatus oficial, la columna de la izquierda señala los nueve grupos más numerosos, la primera cifra se refiere a números en millones y la cifra entre paréntesis al porcentaje que supone respecto de la población total de Yugoslavia. La columna de la derecha (cuyos números son dados en unidades), continúa con los grupos más pequeños, todos ellos por debajo del uno por ciento de la población total. No aparecen registrados los grupos con menos de 10.000 personas, aquellos regionalmente declarados, los no declarados y los desconocidos. Tal y como las cifras muestran, no había nada que se aproximara a una mayoría absoluta o «estado–nación»; el grupo más numeroso cuenta tan sólo con algo más de un tercio del total de la población. La significación de este hecho habrá de ser cuidadosamente valorada a la luz de los eventos subsiguientes.

El mapa lingüístico de Yugoslavia se caracteriza por lo que ha sido denominado Balkan íinguistic pot, con alrededor de veinte lenguas que manifiestan una gran variedad genética y tipológica, así como diferencias en su fuerza numérica, geográfica y en su distribución social, afiliación étnica, estandarización, etc. Con todo, el hecho de que tres de las cuatro lenguas numéricamente más fuertes estuvieran estrechamente relacionadas con idiomas eslavos del sur, y el hecho de que el serbocroata por sí mismo fuera la lengua materna de aproximadamente tres cuartas partes de la población de Yugoslavia, indudablemente ofrecía un elemento de cohesión lingüística. La Tabla 2 presenta las catorce lenguas que cuentan con más de 10.000 hablantes. (Las cifras en ambas tablas han sido redondeadas).

TABLA 2

LENGUAS CON MÁS DE 10.000 HABLANTES

Serbocroata 16.400.000
Esloveno 1.760.000
Albanés 1.750.000
Macedonio 1.370.000
Húngaro 410.000
Romaní 140.000
Vlach 135.000
Turco 82.000
Eslovaco 74.000
Rumano 60.000
Búlgaro 37.000
Rusyn 19.000
Italiano 19.000
Checo 16.000

El serbocroata era hablado nativamente por cuatro de las naciones (serbios, croatas, montenegrinos y musulmanes), por la vasta mayoría de los yugoslavos reconocidos como tales y por algunos miembros de las minorías. Los eslovenos y los macedonios hablaban esloveno y macedonio respectivamente, mientras que las minorías hablaban sus propias lenguas. No obstante, el panorama que aquí se presenta está simplificado. Sin embargo tal y como puede ser en parte observado al compararse los datos de nuestras tablas, la afiliación étnica y la lingüística no coinciden necesariamente. Más general e importante aún, la correspondencia entre repúblicas, naciones y lenguas era a menudo sólo muy aproximada, así que todas las repúblicas estaban en mayor o menor medida mezcladas tanto nacional como lingüísticamente. (Es tentador especular que, de haberse dado una circunstancia inversa, la federación podía haberse derrumbado con mayor facilidad, quizá incluso sin derramamiento de sangre). Esta situación condujo a un extendido multilingüismo social y bilingüismo individual, especialmente en regiones tan sorprendentemente multiétnicas como Voivodina y Kosovo. Dada la constitución multiétnica y multilingüe del país, y también la ideología «leninista» del régimen comunista, era de esperar que fuera adoptada y desarrollada un política de igualdad nacional y lingüística, incluyendo también en ello a los grupos minoritarios. Este principio fundamental impidió claramente la existencia de una o más lenguas «estatales» o «federales»: oficialmente, todas las lenguas eran iguales, sin ser ninguna dominante o favorecida legalmente independientemente del número de hablantes. En conjunto, esta política lingüística de igualdad, por la cual Yugoslavia fue internacionalmente renombrada, funcionó bastante bien, a pesar de los numerosos problemas en su aplicación Desde la perspectiva actual uno podría ver en esta fragmentación lingüística la base de la eventual disolución de la federación. Sin embargo, de igual modo se podría argüir que una política que hubiera promovido una mayor uniformidad lingüística (por ejemplo, dando al serbocroata un estatus privilegiado como lengua oficial a nivel federal) podría haber conducido a los mismos resultados por un camino diferente, mediante la provocación de violentas reacciones nacionalistas.

Esto nos lleva a formular la cuestión central de nuestra discusión.

3. EL PAPEL DEL NACIONALISMO

El rico mosaico de Yugoslavia que ha sido esbozado en la sección anterior estaba, tal y como se desenvolvieron las cosas, condenado al fracaso. La desintegración del país no se produjo, naturalmente, de la noche a la mañana: fue el resultado final de un largo proceso en el que intervinieron varios factores. Este no es el lugar apropiado para exponer la cuestión, ni para analizar todas las posibles causas de la disolución de la federación yugoslava. No obstante, sin retrotraemos a tiempos muy lejanos, podemos observar cómo los fundamentos para tal proceso se habían sentado en las pautas de descentralización reconocidas por la Constitución Federal de 1974, que contenía fuertes elementos confederales. La muerte en 1980 del Presidente Tito, que había sido la mayor fuerza de cohesión por décadas, solamente aceleró estas tendencias. Finalmente, el colapso del comunismo en la Europa del Este dejó a Yugoslavia, que ya estaba en el camino de la disolución, sin el lazo de una ideología común. En este punto, las élites políticas de las respectivas repúblicas, en su lucha por mantener el poder y los privilegios impidiendo el posible avance de un genuino pluralismo democrático, se acogieron a la única fuerza que quedaba y que era lo suficientemente fuerte para movilizar al pueblo desilusionado: el nacionalismo. De este modo la federación yugoslava se volatilizó en el choque entre el fuerte secesionismo de algunas de sus más pequeñas naciones y el igualmente fuerte integracionismo de su nación más grande, con abundante ayuda de una desunida presidencia federal y del aparato militar, impregnados de un nacionalismo de variada procedencia étnica; y, permítasenos añadir, no sin alguna mal orientada asistencia externa.

El prominente papel jugado por el nacionalismo en esta cadena de acontecimientos requiere una mirada más cercana al fenómeno en el contexto presente. En general, el nacionalismo tiende a desempeñar dos funciones complementarias en la vida de las colectividades sociales en las que surge: una función integradora en relación a una comunidad dada, y una función demarcacional con respecto a otras comunidades. Cuando tal colectividad constituye un estado, el cual es casi invariablemente multiétnico en su composición, uno puede hablar de lo que la literatura a menudo identifica como nacionalismo cívico, un tipo de nacionalismo comparativamente benigno que frecuentemente tiene incluso una connotación positiva, particularmente en Occidente. Aquí la función integradora primariamente presta apoyo a los procesos normales de integración política en el curso de la construcción de la nación –consolidando el estado dentro de sus límites, estableciendo amplias redes en economía, salud pública, cultura y educación, telecomunicaciones, tráfico, y cosas similares–. A su vez, la función demarcacional implica regular las relaciones con los países vecinos en pleno respeto de las fronteras existentes y de las normas sobre relaciones interestatales internacionalmente aceptadas.

En contraste con todo esto, cuando el nacionalismo aparece al nivel de un grupo étnico, nos encontramos con el bien conocido fenómeno del nacionalismo étnico (o etnonacionalismo) típicamente agresivo y maligno. Hasta época muy reciente quizá era sólo característico de Europa Central y del Este, pero ahora se halla mucho más extendido, y es fundamentalmente negativo en su efecto global. La integración en este caso se produce de manera prominente en el nivel sociocultural. Anclado en el pasado mítico, mostrando reverenda hacia las santidades nacionales y su correspondiente iconografía. La función demarcacional, por otra parte, toma en este caso la forma de un latente o manifiesto chovinismo y xenofobia, que de este modo representa una amenaza para los otros grupos étnicos y también para las fronteras del estado. En una palabra, mientras que dentro del tipo «occidental» de nacionalismo cívico el estado pone límites a la nación, y los dos conceptos tienden a coincidir, en el modelo «oriental» de nacionalismo étnico estas nociones permanecen claramente diferenciadas, y la nación étnica tiende a menudo a redefinir las fronteras estatales mediante su propia expansión. Mientras la participación en un estado cívico es altamente valorada, en el primer caso, lo que predomina en el segundo caso es una llamada tribal a los patriotas para congregarse bajo el estandarte.

Si ahora aplicamos esta dicotomía, necesariamente simplificada y esquematizada, a las circunstancias yugoslavas, podemos concluir que el nacionalismo étnico instrumentalizado por las élites políticas (y en parte también nacionales) jugó un papel esencial en la desintegración de Yugoslavia, bajo las condiciones y con los objetivos ya apuntados. En la siguiente sección analizaremos el nacionalismo tal y como se expresa a través de la lengua; o mejor dicho, cómo el nacionalismo manipula la lengua para conseguir sus fines.

4. EL NACIONALISMO EN LA LENGUA

El nacionalismo, particularmente el de carácter étnico, se expresa en símbolos: desde la Madre Patria y las imágenes del muy amado líder nacional, los himnos, banderas y escudos de armas, hasta la lengua. Y en lo que concierne a la lengua, el nacionalismo escoge, desarrolla e incluso hipostatiza de entre todas sus muchas e importantes funciones, precisamente la simbólica o manifestativa; aquella en la que la lengua sirve para la identificación, como un símbolo de lealtad étnica, nacional, confesional, profesional u otro tipo de vínculo colectivo. La interacción entre las funciones integradora y demarcacional del nacionalismo es de este modo particularmente llamativa a nivel lingüístico. Los miembros de una colectividad étnica o nacional dada están bajo presión para homogeneizarse hacia adentro, y heterogeneizarse hacia fuera, también en lo relativo a la lengua. No sólo es deseable que todos ellos usen la misma lengua o variedad lingüística y alfabeto, sino también que estos sean marcadamente diferentes de aquellos usa dos por otros, especialmente por comunidades vecinas y por lo demás estrechamente relacionadas.

Considerando desde este punto de vista el surgimiento de los estados–nación y el desarrollo del nacionalismo en Europa, podemos observar una expresión bastante clara de los correlatos lingüísticos de estos procesos. En paralelo a la constitución de los estados–nación, fueron establecidas también sus lenguas nacionales, codificadas en forma de lenguas estándar o literarias como entidades diferenciadas sobreimpuestas a la continuidad de los dialectos hablados. Las grandes convulsiones sociales que acompañaron, por ejemplo, a la Revolución Francesa, la Revolución de Octubre en Rusia, o la ascensión del Fascismo en Italia y del Nazismo en Alemania, han dejado en todos los casos huellas visibles en las lenguas de estos países también. Algo similar ocurrió con las lenguas de Yugoslavia durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En la presente sección prestaremos atención –de forma esquemática– a la relación entre lengua y nacionalismo antes de la disolución de la federación, que fue durante largo tiempo anunciada de diferentes maneras y mediante diversos augurios. En lo que concierne a la lengua, estos acontecimientos pueden ser retrospectivamente interpretados con suficiente claridad. Incluso podría mantenerse que el desmembramiento de Yugoslavia (incluyendo la cronología de este proceso) había estado escrito desde hacía mucho tiempo en las cartas lingüísticas; la cuestión se reduce a saber si alguien fue capaz, o tuvo voluntad, de leer tal mensaje.

La desintegración física de Yugoslavia, que empezó con la secesión de Eslovenia y después de Croacia, había estado anunciada un cuarto de siglo antes, a través de un específico separatismo lingüístico y cultural en esas repúblicas. En Eslovenia por aquel tiempo se hicieron grandes esfuerzos para proteger la lengua eslovena de influencias serbocroatas, lo que tan solo añadió más fuerza a las tendencias de profunda raíz purista. La culminación de este proceso estuvo marcada por el establecimiento de un peculiar Tribunal de la Lengua, una institución semioficial que controlaba el uso público del esloveno. Unido a esto se dio la insistencia en la absoluta y literal igualdad de la lengua en todos los asuntos federales, incluidos los militares. Algunos años más tarde, la decisión de llevar a cabo un juicio contra cuatro eslovenos (acusados de desvelar información clasificada) ante un tribunal militar yugoslavo en Ljubljana, la capital eslovena, en serbocroata en vez de hacerlo en esloveno, provocó una serie de revueltas públicas. Este incidente puede ser visto ahora como un prolegómeno del posterior conflicto bélico entre unidades militares federales y Eslovenia.

Mientras, en Croacia era el tiempo de la bien conocida «Declaración sobre el nombre y posición de la lengua literaria croata» de 1967, firmada por las instituciones culturales croatas más importantes, que hicieron una llamada para el reconocimiento de la identidad separada del croata, en contra de su estatus oficial como una variante de la lengua serbocroata común (o croato-serbio). Las variantes estándar de esta lengua policéntrica habían venido siendo desde hacía tiempo manzana de discordia. Por un lado la intelectualidad nacionalista tanto en Serbia como en Croacia a menudo tendían a elevarías al rango de lenguas distintas y por el otro, los unitaristas nacionales y políticos de ambas partes hacían hincapié en la unidad esencial de la lengua. Además, el emergente nacionalismo étnico engendró disputas lingüísticas que sirvieron de tapadera para conflictos sociales profundamente arraigados, así como aspiraciones políticas, siendo invocada la lengua de vez en cuando como piedra de toque en las relaciones de poder político. A este respecto las demandas de la Declaración fueron temporalmente silenciadas bajo la autoridad suprema del Mariscal Tito, para ser reconocidas de nuevo gradualmente, e incluso sobrepasadas, a lo largo del tiempo.

En Bosnia–Herzegovina la trágica guerra fue también anunciada a través de la lengua, en cierta manera, mediante divisiones impuestas por los recientemente formados partidos políticos nacionales: el serbio, el croata y el recientemente proclamado bosnio, cuyas diferencias en cuanto a la sustancia y a la estructura eran mínimas, reduciéndose básicamente a una cuestión de nombre. Este es un ejemplo significativo de la, en última instancia, incapacidad de una lengua común para contener tensiones interétnicas cuando la presión extralingüística se hace demasiado fuerte. Sola entre las repúblicas yugoslavas, Bosnia– Herzegovina no tenía una mayoría nacional absoluta, estando dividida entre musulmanes, serbios y croatas. Pero de cualquier manera que ellos lo nombraran, formal o informalmente, todos ellos hablaban exactamente la misma lengua, en algunos casos con diferencias mínimamente perceptibles. Y sin embargo, este instrumento de comunicación plenamente compartido que era la lengua fracasó en prevenir el derramamiento de sangre entre los tres grupos. Puede haber una lección en todo esto para los que creen sin reservas en el misterioso poder de la lengua como infalible salvaguarda del entendimiento humano.

En las otras repúblicas, Macedonia y Montenegro, los movimientos puristas y separatistas con relación a la lengua no fueron especialmente fuertes debido a razones históricas, con la posible excepción de algunos grupos militantes sin mucha influencia. Así pues, la cirugía lingüística no fue practicada en aquellas regiones.

Tras este examen nos queda el caso de Serbia. Dentro de la federación yugoslava los serbios disfrutaron la cómoda posición de ser la nación más grande, de manera que podían permitirse despreocupación y tolerancia en los problemas lingüísticos. En la lengua, al igual que en otras cosas, la nación más grande insistía menos por regla general en sus señas de identidad que las más pequeñas que vivían a su lado, y podían ser amenazadas objetivamente o al menos subjetivamente, y por tanto ponían más cuidado en su especificidad lingüística y en su propia identidad, en constante temor de que se produjera una ocupación o asimilación.

Mientras los tiempos relativamente apacibles duraron, las lenguas minoritarias disfrutaron de un indiscutible alto grado de derechos, y la lengua de la población mayoritaria era oficialmente designada como serbocroata, con la codificada y garantizada igualdad de sus dos pronunciaciones estándar y de sus dos alfabetos. Pero tan pronto como el desbaratamiento del estado común llegó a ser una seria amenaza, los antagonismos previamente sometidos y la exclusividad nacional salieron a la superficie también en Serbia. La lengua principal pasó a adquirir la nueva denominación oficial de serbio, con el cirílico como primer alfabeto oficial y el alfabeto latino solamente como secundario –inicialmente en reacciones populares pero después, gradualmente, en los nuevos documentos constitucionales y legales––. Las lenguas de todas las minorías, las tradicionales pero también las nuevas, creadas a partir de la reorganización de fronteras, se encontraron en entredicho ante la embestida del nacionalismo serbio. Un extraño extremo de esta tendencia puede ser hallado en lo que fue visto por algunos como «la Serbia potencial» –las tierras dominadas por los serbios en Bosnia–Herzegovina y Croacia–, donde la pronunciación local tradicional del serbocroata fue suprimida del uso público en favor de esa otra común en Serbia, que a partir de aquí pasó a ser considerada como la única variante verdaderamente «serbia».

Una vez que hemos alcanzado en nuestra cronología el punto donde el estado de guerra interno en suelo yugoslavo estaba listo para estallar, ilustraremos brevemente los artificios lingüísticos y retóricos empleados para preparar el terreno para el conflicto armado.

5. LAS PALABRAS COMO ARMAS

Se ha dicho alguna vez que las palabras pueden herir más profundamente que las dagas. Esta sabia observación adquiere nuevos y dramáticos significados en el contexto de la guerra en tierras yugoslavas, que empezó realmente como una guerra de palabras –llevada a cabo más despiadadamente en los medios de comunicación (especialmente en las emisiones de noticias de la televisión)– de las partes en conflicto. Era inevitable, ya que fue solamente por medio del prolongado y virulento abuso del lenguaje al servicio de la propaganda y de la guerra como se generó una cantidad suficiente de odio interétnico que hizo que tradicionalmente buenos vecinos –en verdad, frecuentemente miembros de la misma familia étnicamente mezclada– entraran en cruel conflicto unos con otros. Después de un extendido aluvión de hostilidades verbales parecía más fácil tomar las armas y empezar a matar a miembros de otros grupos étnicos, que habían sido debidamente satanizados y presentados como una amenaza para la propia supervivencia.

Uno puede especular sobre cómo se emprende este tipo de campaña de odio verbal a gran escala. En este caso fue hecha una elección obvia, ya que las etiquetas más mortíferas estaban muy a mano –aquellas que hacían referencia a las partes en las horribles y fratricidas matanzas interétnicas durante la Segunda Guerra Mundial, los Ustashi y los Chetniks–. (Los primeros eran unidades militares croatas del gobierno títere fascista de la Croacia Independiente» que cometieron genocidio contra los serbios; los segundos eran guerrillas serbias, de mala reputación también, y que a menudo se tomaron la revancha sobre civiles croatas y musulmanes.) En la viva memoria de muchos, las atrocidades simbolizadas por aquellos nombres fueron fácilmente evocadas junto con sentimientos colectivos confusos de miedo y venganza. La manipulación estribaba en hacer ver que ahora todos los croatas eran implícitamente Ustashi y todos los serbios Chetniks.

Merece la pena notar que ambas partes habían hablado profusamente sobre los Ustashi y los Chetniks respectivamente mucho antes de que la guerra estallara en Croacia, en un tiempo en el que aquellos simplemente ya no existían, o eran pocos en número y con escasa influencia. Pero a medida que la guerra fue extendiéndose, estos fantasmas del pasado, tendenciosamente invocados por propagandistas políticos sin escrúpulos, se fueron convirtiendo gradualmente en hombres de carne y hueso, de manera que ambos Ustashi y Chetniks pronto se convirtieron en parte de la trágica realidad. Y cuando la guerra se propagó a Bosnia–Herzegovina, la tercera de las partes que allí se encontraba tenía que recibir un trato análogo. Con este propósito los Mujahadeens fueron inmediatamente imaginados para identificar a todos los musulmanes, mucho antes de la llegada –desde el extranjero– de los primeros guerreros a quienes se podía aplicar esta etiqueta. (La opacidad de este término, sin embargo, dejó el camino abierto para un simple sustituto popular, una vez más preñado de asociaciones históricas: los turcos.) De forma similar, el frecuente uso irresponsable de la palabra genocidio antecedió a la reanudación de actos genocidas; al igual que el necrófilo desenterramiento, con fines propagandísticos, de huesos de la última guerra trajo consigo sólo nuevas fosas comunes.

Suficientemente interesante desde el punto de vista de lingüistas y filósofos por igual, estos ejemplos muestran cómo la lengua, habitualmente concebida como reflejo de la realidad, puede también anticipar los eventos de la vida real mediante el conjuro y la verbalización de imágenes de cosas que están por venir. Hasta este punto uno podría decir que las guerras yugoslavas fueron imaginadas por medio de la lengua. Otras técnicas de manipulación lingüística en este contexto, incluidas varias formas de tergiversación semántica, estrategias pragmáticas y artificios retóricos, siendo de interés más estrictamente lingüístico, quedan fuera del alcance de esta discusión, pero pueden ser consultadas en otros sitios.

6. DESARROLLOS POST–YUGOSLAVOS

Ahora podemos considerar sucintamente el papel de la lengua como uno de los símbolos más importantes de identidad nacional y soberanía política en los nuevos estados creados sobre el territorio yugoslavo. No parece haber nada nuevo en lo que concierne a Eslovenia o Macedonia, pero los restantes tres estados merecen algún comentario, particularmente con referencia al destino de la que una vez fue lengua común, el serbocroata. Mientras que ésta permanece como una entidad lingüística, ya que las lenguas como sistemas de comunicación no pueden ser abolidas por decreto político, es un hecho que la lengua que responde a ese nombre no existe oficialmente en ningún sitio. Políticamente hablando, entonces, ahora tenemos en cambio tres idiomas: serbio en la actual Yugoslavia (la federación de Serbia y Montenegro), croata en Croacia, y bosnio en la parte dominada por los musulmanes en la anterior Bosnia–Herzegovina.

¿Cómo se relacionan estas tres lenguas entre sí?

Sin entrar en detalle lingüístico, sólo recordaremos que estos idiomas son hijos del nacionalismo lingüístico, y como tales se hallan impregnados de valores simbólicos. Este hecho evidente es tanto una explicación de su relativa especificidad como una indicación de que son susceptibles de divergir incluso más entre ellos y respecto a su común origen serbocroata. Sin embargo, estas tendencias divergentes quedan firmemente dentro del alcance de la política lingüística y son como tales diferentes en las tres instancias, que deben ser por tanto consideradas individualmente.

La actual Yugoslavia, independientemente de lo que se hizo o dejó de hacer en el período bajo consideración, ciertamente no se independizó de la previa federación de ese mismo nombre. Por tanto, no había necesidad de mantener su independencia y carácter distintivo también por medios lingüísticos. Consecuentemente, la lengua no ha cambiado visiblemente en Serbia o Montenegro en los últimos años, a pesar de ciertas intervenciones externas y simbólicas advertidas previamente, que afectan al nombre oficial de la lengua y al estatus de sus pronunciaciones y alfabetos.

En marcado contraste con esto, en la actual República de Croacia, aparte de los correspondientes actos simbólicos, se ha lanzado una campaña para hacer la lengua tan diferente del serbio (o serbocroata), y tan rápidamente como sea posible. También está siendo promovido un nuevo y artificial lenguaje administrativo, que produce fuertes ecos en el uso público de la lengua en general, la cual se encuentra saturada de arcaísmos croatas, regionalismos y neologismos. Las terminologías de varias disciplinas académicas están siendo asimismo croatizadas, y se aboga por reformas ortográficas. Uno no puede entender por qué Croacia, que parece tener prisa por unirse a Europa y al mundo avanzado, está implacablemente depurando su lengua de internacionalismos que, se podría pensar, harían este fin más fácil de lograr. ¿Podría ser una de las razones de esto el hecho de que estos términos internacionales están muy extendidos entre todos los otros países, incluyendo en Serbia? De ser así, esto constituiría un ejemplo precioso de hasta dónde está dispuesto a llegar el nacionalismo lingüístico.

El caso bosnio es diferente de nuevo. Aquí la cuestión parece ser la de diferir tanto del serbio como del croata, y al mismo tiempo manifestar en la lengua el propio y distintivo patrimonio «bosniaco» (esta etiqueta, tradicional pero que había quedado bastante en el olvido, fue recientemente reintroducida como un sustituto de «musulmán» en el sentido nacional). Dado que el nacionalismo bosniaco está en parte influido por un fundamentalismo religioso pan–islámico, tal patrimonio podía ser mejor expresado mediante el énfasis en los rasgos arábigo– turcos en la pronunciación, ortografía y especialmente vocabulario y fraseología. No obstante, la estructura gramatical y léxica básica de la lengua ha sido escasamente afectada, ya que estos son niveles lingüísticos relativamente superficiales.

En resumen, los tres idiomas escindidos del serbocroata pueden ser esquemáticamente visualizados como sigue: el serbio permanece inmóvil, el croata está separándose rápidamente, y el bosnio se está desplazando más lentamente en otra dirección. Sólo el futuro puede decir a lo que conducirá todo esto. Pero sea lo que fuere, estará determinado por desarrollos políticos más que por la lengua en si, que jugará, como antes, un papel auxiliar pero no decisivo ~.

7. CONCLUSIÓN

Hemos visto como una federación heterogénea y relativamente exitosa ha caído presa de fuerzas divisoras en sus parcelas nacionales. Estas fuerzas han encontrado su expresión, entre otros agentes, en el nacionalismo étnico. Todos estos nacionalismos, aunque opuestos unos a otros, estaban unidos en el intento de probar que ninguna federación yugoslava era posible, que la existente debía ser destruida de forma que cada nación pudiera tener su propio estado soberano, tan grande y étnicamente puro como fuera posible. Subyacente a estas tendencias se hallaba la antihistórica, anticivilizacional noción, muy querida por los nacionalistas, de que los miembros de una nación no pueden vivir juntos con miembros de otras naciones a menos que puedan dominarlos o asimilarlos. Dado que las naciones yugoslavas se habían de hecho entremezclado de manera constante por décadas e incluso siglos, tal tesis solamente podía ser probada mediante una completa destrucción policéntrica, asesinatos en masa y limpieza étnica, después de lo cual el argumento acerca de la imposibilidad de vivir juntos se mostró como una profecía autocumplida. En todo esto, la lengua fue al mismo tiempo un instrumento mayor y, en algunos aspectos, una víctima subsidiaria de los nacionalismos en pugna que la habían manipulado hábilmente. En su momento hizo sonar señales de alarma sobre lo que estaba ocurriendo o sobre lo que estaba preparándose, pero fue en vano. Sus potencialidades cohesivas se mostraron insuficientes, cediendo ante la presión cuando ésta se hizo demasiado fuerte. Queda por verse si la experiencia de Yugoslavia encierra algunas lecciones para otras federaciones multiétnicas y multilingües alrededor de todo el mundo.

Ranko Bugarski es profesor de Filología en la Universidad de Belgrado



BUGARSKI, Ranko, «Lengua, nacionalismo y la desintegración de Yugoslavia», en: Revista de Antropología Social, Universidad Complutense de Madrid, nº 6, 1997.


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